In zwei Zuständen nämlich erreicht der Mensch das Wonnegefühl des Daseins,
im Traum und im Rausch.
Friedrich Nietzsche
Friedrich Nietzsche
El ambiente es, desde el inicio, intimista. Como si fuera un juego de quién llega más rápido - la máquina o la persona - la protagonista toca el botón del ascensor y simula ser más rápida que éste al subir las escaleras desesperadamente hasta llegar a casa y entrar en ella. Al entrar, la protagonista – la propia Chantal Akerman - se dirige a la cocina para comer rápidamente un plato de pasta pegoteada, luego limpia sus zapatos y, en un gesto cotidiano, empieza a bailar. Mientras come una manzana, comienza a sellar las puertas y ventanas con cinta adhesiva para – posiblemente – bloquear el acceso de otras personas en su mundo. Sólo un gato y los utensilios de cocina y de lavandería dejan entrever un ambiente casero, hasta cierto punto cálido. Luego, la protagonista comienza a realizar movimientos repetitivos y sin sentido, limpia los zapatos por encima de sus piernas, tira el agua por la cocina y la deja toda encharcada. Al final, luego de muchas miradas al espejo, sin solución aparente o sin encontrar un sentido a lo que está haciendo, la protagonista decide encender un fósforo y prender fuego a un papel de periódico para posteriormente dejar el gas de la cocina encendido para suicidarse y explotar con toda la casa.
Chantal Ackerman con sólo 18 años interpreta y dirige este cortometraje, el primero en su carrera cinematográfica. La acción sucede en Bélgica el año 1968, año del conocido mayo francés o mayo del 68, en el que se dieron protestas estudiantiles para mejorar el sistema educativo, manifestarse contra la guerra de Vietnam y reclamar por un sistema igualitario entre hombres y mujeres, además de mejoras laborales. A su vez, estas protestas estuvieron muy vinculadas a movimientos de izquierda socialista, que buscaban igualdad entre los trabajadores. Una de las consecuencias de mayo del 68 fue la liberación femenina y la proliferación de movimientos sindicales.
El carácter performativo de la historia es consecuencia de los procesos culturales que están sucediendo afuera. Dentro, en el piso, en la soledad de la protagonista, es donde explota todo ese afuera que la oprime. El cuerpo de la cineasta-protagonista habla, su acción dice y define una situación existente, un contexto. En el acto aparentemente cotidiano de una mujer joven, que vive sola en un piso pequeño, que hace lo que se supone debe hacer: comer, limpiar, ordenar, etc. su respuesta ante esto se refleja a partir de sus acciones repetitivas y cada vez más monótonas. Sus acciones se repiten como si estuviera en un éxtasis de locura, casi catártico. Al final, al no encontrar algo mejor que hacer se decide por la muerte.
Hay personas que dicen que alguien tiene que morir para que la vida cobre sentido. La situación de este cortometraje es casi cómica y aparentemente alegre. Incluso hay una voz en off que canta y acompaña a la protagonista – probablemente sea la propia voz de la cineasta. Tanto la época en que se desarrolló este cortometraje, como la época en que vivimos, están impregnadas de esta sensación de sin-razón o sinsentido. Continuamos viviendo en una sociedad en la que la desigualdad y la violencia están presentes en todas las esferas, tanto en las públicas como en las privadas. La mujer, en este caso la joven Akerman, vive en una época de cambios, de redefinición de conceptos, entre ellos el del rol de la mujer en la sociedad. Es posible, si queremos relacionarlo con el discurso surgido de mayo del 68, que la autora haya estado influenciada por esta movida y su reacción ante tanto cambio y su “no saber cuál es su rol en el mundo” la haya llevado a la creación de esta historia corta, titulada “Saute ma ville” con un final trágico. Esa tragedia que Nietzsche asocia al choque de fuerzas entre lo dionisíaco y lo apolíneo, orden y caos en constante pugna, que se disuelve finalmente en una fiesta de los sentidos en donde todo se confunde, quedando el caos como fuente de ordenamiento del cosmos, una suerte de locura alegre y placentera.
Para ser sincera, lo primero que me pasó por la mente al ver el cortometraje fueron dos películas: “La vie rêvée des Anges“ (1998) y “La Vida Secreta de las Palabras“ (2005). La primera del director francés Erick Zonca y la segunda de la directora española/catalana Isabel Coixet. En la primera se destaca la amistad de dos jóvenes francesas en Lille, que encuentran trabajos eventuales, generalmente en fábricas y viven en un mundo que no les ofrece muchas opciones laborales ni afectivas. La alegría de vivir de una (Isa), se ve contrastada por la soledad y la dureza de la otra (Marie), quien finalmente decide matarse. La soledad y la desilusión frente a la vida que no te ofrece nada puede ser equiparable al corto de Chantal Akerman, aunque el tono de esta última sea en clave casi irónica. La película de Coixet se desarrolla en un pozo petrolero habitado por seres solitarios, que se refugian en un lugar en medio del mar para, en cierto sentido, escapar del mundo real o aferrarse a una opción de vida fuera de la sociedad, como si la sociedad en que vivimos no fuera una opción atractiva de vida, no fuera un lugar en donde se pueda vivir. Cuerpos que se aíslan de otros cuerpos, de espacios y de lugares reconocibles. Cuerpos frágiles, sensibles y cargados de sentido que, muchas veces, sin pronunciar palabra alguna, dicen más que mil palabras. Curiosamente, tanto Akerman como Coixet utilizan como recurso la voz en off, una que canta y la otra que cuenta – con voz de niña – lo que la protagonista siente, piensa o no puede decir en la vida real, como un juego de doble personalidad o alter ego que habla por ellas.
No quisiera llegar a ninguna conclusión. Me interesa simplemente destacar que el cuerpo es el que habla, el que cuenta la historia y, a través de la performatividad, crea un mundo y nos informa de lo que está pasando. El hacer es un decir, en la acción se está mostrando a los sentidos lo que con las palabras posiblemente no se podría explicar. Los hechos actuales, como las manifestaciones de los jóvenes en las afueras de París, las demostraciones masivas en contra de la guerra, los suicidios de los jóvenes japoneses que se encierran en un coche y mueren en grupo, son también un ejemplo de cuerpos que hablan, protestan, muestran un estado de cosas, señalan su impotencia frente al - y sus ganas de – cambio, y es a través del cuerpo como hacen físico su decir.
Katerina Valdivia Bruch
Chantal Ackerman con sólo 18 años interpreta y dirige este cortometraje, el primero en su carrera cinematográfica. La acción sucede en Bélgica el año 1968, año del conocido mayo francés o mayo del 68, en el que se dieron protestas estudiantiles para mejorar el sistema educativo, manifestarse contra la guerra de Vietnam y reclamar por un sistema igualitario entre hombres y mujeres, además de mejoras laborales. A su vez, estas protestas estuvieron muy vinculadas a movimientos de izquierda socialista, que buscaban igualdad entre los trabajadores. Una de las consecuencias de mayo del 68 fue la liberación femenina y la proliferación de movimientos sindicales.
El carácter performativo de la historia es consecuencia de los procesos culturales que están sucediendo afuera. Dentro, en el piso, en la soledad de la protagonista, es donde explota todo ese afuera que la oprime. El cuerpo de la cineasta-protagonista habla, su acción dice y define una situación existente, un contexto. En el acto aparentemente cotidiano de una mujer joven, que vive sola en un piso pequeño, que hace lo que se supone debe hacer: comer, limpiar, ordenar, etc. su respuesta ante esto se refleja a partir de sus acciones repetitivas y cada vez más monótonas. Sus acciones se repiten como si estuviera en un éxtasis de locura, casi catártico. Al final, al no encontrar algo mejor que hacer se decide por la muerte.
Hay personas que dicen que alguien tiene que morir para que la vida cobre sentido. La situación de este cortometraje es casi cómica y aparentemente alegre. Incluso hay una voz en off que canta y acompaña a la protagonista – probablemente sea la propia voz de la cineasta. Tanto la época en que se desarrolló este cortometraje, como la época en que vivimos, están impregnadas de esta sensación de sin-razón o sinsentido. Continuamos viviendo en una sociedad en la que la desigualdad y la violencia están presentes en todas las esferas, tanto en las públicas como en las privadas. La mujer, en este caso la joven Akerman, vive en una época de cambios, de redefinición de conceptos, entre ellos el del rol de la mujer en la sociedad. Es posible, si queremos relacionarlo con el discurso surgido de mayo del 68, que la autora haya estado influenciada por esta movida y su reacción ante tanto cambio y su “no saber cuál es su rol en el mundo” la haya llevado a la creación de esta historia corta, titulada “Saute ma ville” con un final trágico. Esa tragedia que Nietzsche asocia al choque de fuerzas entre lo dionisíaco y lo apolíneo, orden y caos en constante pugna, que se disuelve finalmente en una fiesta de los sentidos en donde todo se confunde, quedando el caos como fuente de ordenamiento del cosmos, una suerte de locura alegre y placentera.
Para ser sincera, lo primero que me pasó por la mente al ver el cortometraje fueron dos películas: “La vie rêvée des Anges“ (1998) y “La Vida Secreta de las Palabras“ (2005). La primera del director francés Erick Zonca y la segunda de la directora española/catalana Isabel Coixet. En la primera se destaca la amistad de dos jóvenes francesas en Lille, que encuentran trabajos eventuales, generalmente en fábricas y viven en un mundo que no les ofrece muchas opciones laborales ni afectivas. La alegría de vivir de una (Isa), se ve contrastada por la soledad y la dureza de la otra (Marie), quien finalmente decide matarse. La soledad y la desilusión frente a la vida que no te ofrece nada puede ser equiparable al corto de Chantal Akerman, aunque el tono de esta última sea en clave casi irónica. La película de Coixet se desarrolla en un pozo petrolero habitado por seres solitarios, que se refugian en un lugar en medio del mar para, en cierto sentido, escapar del mundo real o aferrarse a una opción de vida fuera de la sociedad, como si la sociedad en que vivimos no fuera una opción atractiva de vida, no fuera un lugar en donde se pueda vivir. Cuerpos que se aíslan de otros cuerpos, de espacios y de lugares reconocibles. Cuerpos frágiles, sensibles y cargados de sentido que, muchas veces, sin pronunciar palabra alguna, dicen más que mil palabras. Curiosamente, tanto Akerman como Coixet utilizan como recurso la voz en off, una que canta y la otra que cuenta – con voz de niña – lo que la protagonista siente, piensa o no puede decir en la vida real, como un juego de doble personalidad o alter ego que habla por ellas.
No quisiera llegar a ninguna conclusión. Me interesa simplemente destacar que el cuerpo es el que habla, el que cuenta la historia y, a través de la performatividad, crea un mundo y nos informa de lo que está pasando. El hacer es un decir, en la acción se está mostrando a los sentidos lo que con las palabras posiblemente no se podría explicar. Los hechos actuales, como las manifestaciones de los jóvenes en las afueras de París, las demostraciones masivas en contra de la guerra, los suicidios de los jóvenes japoneses que se encierran en un coche y mueren en grupo, son también un ejemplo de cuerpos que hablan, protestan, muestran un estado de cosas, señalan su impotencia frente al - y sus ganas de – cambio, y es a través del cuerpo como hacen físico su decir.
Katerina Valdivia Bruch
